La plaza de Sicuani es un espacio bien logrado; expresa una combinación armónica entre lo tradicional
y lo contemporáneo. Dos edificios modernos forman sendos lados de la cuadrícula. Son la municipalidad y la catedral, representando
a los poderes locales.
Una catedral sobria, levantada pocos años atrás, busca dialogar con lo andino, simbolizando
los 50 años de la progresista prelatura a cargo de los Carmelitas. Por otro lado, una municipalidad supermoderna aunque de
tamaño estándar, al menos guarda las proporciones. Sus enormes lunas funcionan como espejo reflejando diversas imágenes que
forman una visión surrealista. Aunque, los excesos de vidrio vienen compensados por una arcada, confiriéndole un toque de
tradición a la mole que representa el poder civil.
Al frente del ayuntamiento se halla una calle excepcional. Todas
las casas son antiguas o reconstrucciones bien hechas; tienen dos pisos y en el segundo, elegantes balcones forman la fachada.
Estas edificaciones guardan una notable homogeneidad arquitectónica. Le otorgan coherencia a Sicuani y embellecen una linda
ciudad serrana que aún hace un guiño al tiempo cuando la modernidad no había destruido su elegancia. Andando, se halla otra
casona con balcones de hondo significado histórico. Se trata de la casa Manzanares, donde se firmó la Confederación Perú Boliviana
y que simboliza la unidad del gran espacio andino.
Por su parte, el centro de la plaza también es singular; el marco
lo componen unos dátiles altos y esbeltos, que muestran el extraño vínculo entre los Andes y el mediterráneo. Pero, al centro
se halla la estatua de Pumacahua, un controvertido personaje que despierta odios y pasiones; aún hoy, casi doscientos años
después de morir ahorcado. La estatua está inclinada y la mirada caída, dicen los lugareños que se debe a un atentado que
sufrió por un profesor de la Universidad del Cusco, quien junto a sus alumnos la derribó, arrastrándola con una camioneta.
Resulta
que Pumacahua fue clave en la derrota de Túpac Amaru. Cuando la gran rebelión, los curacas se dividieron y mientras algunos
apoyaron a Condorcanqui, los otros sostuvieron al Rey. Los enfrentamientos se desarrollaron a campo abierto y la suerte se
inclinó de un lado a otro durante varios meses. Los choques fueron entre indios, sólo que unos eran apoyados por una división
de rifleros negros venidos de la costa. Finalmente ganaron los realistas y Pumacahua fue recompensado con el grado de Brigadier
General, el más alto del ejército colonial en el Nuevo Mundo.
Pero, al envejecer, 33 años después de haber derrotado
a Túpac Amaru, Pumacahua se sumó a la rebelión de los hermanos Angulo. Era 1814 y los patriotas argentinos avanzaron sobre
la actual Bolivia; cuando el ejército español fue sorprendido por una nueva revolución del Cusco que se extendió a Ayacucho
y Arequipa. Se rompieron las comunicaciones de los realistas con Lima y el virrey corrió gran peligro.
En esta oportunidad,
Pumacahua era general insurrecto. Perdió en Umachiri y fue ahorcado en Sicuani. Mariano Melgar también fue muerto luego de
esa acción. Esa rebelión fue crucial, porque su dirección reunió a criollos, mestizos y a la elite indígena. Además, teniendo
como escenario al sur andino y haciendo del Cusco un vértice de la nacionalidad emergente. Si el Perú hubiera nacido en esa
ocasión, otra sería la historia.
Pumacahua tiene mala fama. La escuela lo ha retratado como el traidor que vendió al
héroe Túpac Amaru. Pero, es el único caso de un líder peruano que empieza en la extrema derecha y termina en la izquierda.
Lo habitual es al revés. Decía Luis Alberto Sánchez, “quien no es izquierdista a los 20 años carece de corazón, pero
quien sigue siéndolo a los 50 carece de cerebro”. Esa frase un tanto cínica, pero ajustada a lo que se ve, sin embargo
es desmentida rotundamente por el cacique Pumacahua. Solamente él comenzó como líder del orden establecido para terminar conduciendo
una gran rebelión.
Al acercarse 200 años de la independencia, su trayectoria merece ser recordada como un caso único.
Expresa la progresiva pérdida de poder de la elite nativa, que se desvaneció luego de su gesta. Después de Pumacahua, lamentablemente,
el Perú naciente no tuvo dirigentes indígenas.
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